29.9.07

Las penas, con pan... son más



Cuando el bolillo se vuelve artículo de lujo


Por Pedro Díaz G.
pedrodiazg@eme-equis.com.mx
Fotografias: Eduardo Loza



Sucedió a media mañana. Calle Roa Bárcenas, colonia Obrera. Pero pudo haber ocurrido en cualquier parte de este país. Por las prisas, sólo Lorena ingresa a la panadería El Sol, pues a esa hora las grandes bandejas estorban e inundan de sabor los pequeños corredores repletos de vitrinas y estantes en donde panes aromáticos, calientitos, apenas salen de los hornos que ardieron la noche entera.
Apurada, Lorena se abre paso entre la gente y va directo a donde se ofrece el pan blanco. Por unos segundos, se queda de una pieza, paralizada, mientras en su cabeza echa números.
Y con las manos llenas vuelve hacia la caja.
Su inicial sonrisa ha cambiado y ya sin ella abandona la panadería, con dos baguettes en las manos.
Y no acaba todavía de salir de su sorpresa, cuando es recibida por el abierto reclamo de su madre:
—¡Te dije que tres panes, mensa… no dos!
Tres metros les separan y Lorena no lo quiere gritar, pero termina respondiendo:
—¡Pus es que ya subió! ¡Ya cuestan más! ¡Son 12.60!
—¿Quéeee? —exclama la madre, ahora seria, hurgando en el fondo de su monedero—. ¿Pus de qué están rellenos?
—Ha de ser de jamón —agrega ilusionado el hermano, Javier.
Pero no.
La realidad es que esa mañana el pan ya había subido. En el Distrito Federal y en casi todo el país.
Precios sin control: de 90 centavos el bolillo, a 1.20, 1.30 o hasta 1.50 pesos por pieza.
Y el de dulce, ni se diga: hasta 4 o 4.50 lo que apenas ayer costaba 3 pesos.
En diciembre fueron las tortillas y ahora es el pan.
Y como siempre, nadie sabe nada.
En los periódicos, las autoridades de la Secretaría de Economía sostienen que es la consecuencia de que el precio internacional del trigo se haya elevado de 327.02 a 545.83 dólares por tonelada.
Pero en la calle la explicación es más simple: “como ya se anunció que la gasolina sube en octubre, todos ya comenzaron a subir su precios… empezando por el pan”.
El gazolinazo, pues, que el presidente Felipe Calderón propuso y que PRI y PAN aprobaron en el Congreso de la Unión.
Aunque los panaderos digan que no.
Según ellos, el pan ha subido de precio porque todos sus componentes también lo han hecho: los aromas de la margarina (55 por ciento de aumento en los últimos 20 días); la margarina (65 por ciento al alza), la manteca vegetal (45 por ciento de elevación), y finalmente, el golpe que no pudieron soportar los panaderos: 65 por ciento más al precio del trigo.

???
—Mmm, claro que se me antoja una concha de chocolate, pero ya cuestan 4.50... Y pues no, no nos alcanza —contesta Lorena cuando se le pregunta por qué solo lleva pan blanco.
Cuatro pesos es lo menos por una pieza de pan dulce, de las elaboradas con manteca. La repostería subió a 4.50 y la repostería fina a 6 pesos, en promedio.
Lorena Trejo Arenas sale de la panadería El Sol con sus dos piezas de pan blanco.
No tiene para la tercera que le reclamaba su madre.
Al menos no esta mañana en la que el aumento de los precios les ha tomado por sorpresa.
Se les quita de pronto el buen humor a los Trejo.
—Hoy es el pan —lamenta doña Clara, la madre—. Ayer fue la gasolina... Cómo no nos vamos poner inconformes, los que autorizan estos aumentos de precios no piensan en nosotros. Y el amanecer con tu cafecito y un pan, pues ya será una costumbre sólo para ricos.
Trata de explicarlo don José, quien trabaja en esta panadería y a quien directamente le ha repercutido económicamente.
—La gente se va, no vuelve en varios días por su pan. Pero el año pasado comprábamos el bulto de harina de 44 kilos en 140 pesos; en enero subió a 185. Y esta semana nos la están vendiendo a 240 o 250 pesos. No nos queda de otra: estamos obligados a subir los precios.
Cierto: el bolillo, que ayer estaba en un peso, aquí cuesta ya 20 centavos más.
—No fue tanto el aumento al pan blanco, pero todo lo demás sí subió —evalúa la señorita Lucía, desde la parte trasera del mostrador.
—¿Y la gente? ¿Mucha, como siempre, o ya no tanta?
—No ha disminuido, pero seguro es porque todavía no se enteran. Al llegar aquí, a la caja, es cuando mucha gente nos reclama.
Su gesto de repente es de disgusto. Es a ella a quien, injustificadamente, le espetan las quejas en la cara. Dice:
—Pero nomás aquí reclaman... Con nosotras. Nada más con nosotras.

???
Eso de andar preguntando a la gente si ya se entraron que subió el pan, y tratar de conocer qué piensan de ello, es, en estos tiempos, un trabajo de alto riesgo.
Lo menos que se puede llevar uno es una mentada de madre.
Como la que me suelta a todo pulmón esa señora que sin detener el paso abandona la panadería Unión con una bolsa pequeña, pequeña:
—Señora, sabe que subió el pan… —se intenta preguntarle, cuando sin más corta y lanza un gruñido:
—¡Chinguen todos a su madre! A mí no me pregunte… —y se sigue de largo, con la pequeña bolsa de papel de estraza estrangulada por una de sus manos.
Adentro de la panadería Unión, una decena de empleados trabaja afanosamente, mientras los clientes, a esta hora, las dos de la tarde, son escasos.
Felipe Rosado acomoda con enfado, uno a uno, los casi 200 panes que le caben en la charola que espera en uno de los triciclos a las afueras del negocio. De ahí partirá a recorrer todos los rincones de la colonia. A 5 y 6 pesos, el costo de cada pieza a domicilio.
—Oiga, ¿y a usted qué le parece eso del aumento al pan? —se intenta de nuevo la entrevista con uno de ellos.
—A mí no me hable de aumentos ni de pan… —masculla malhumorado.
No hay duda, la gente está enojada.
Y la causa la aventura amablemente don Pablo, quien sale con su bolsa de pan.
—Cómo cree que no vamos a estar molestos, si apenas en nueve meses el precio promedio de los productos de la canasta básica se incrementó casi en 35 por ciento. ¿Se imagina usted, con el aumento a las gasolinas, al pan, a la tortilla, a los insumos, al transporte, a los servicios, cómo vamos a llegar a fin de año? Yo se lo puedo decir ahorita: pues en ceros.
Esto es lo que molesta, opina también la señora Judith Valencia:
—Ya les tengo pavor a las noticias. El alza de precios comenzó con la tortilla y se sigue con la gasolina. Con estas medidas, y eso ya lo sabemos pues lo hemos vivido desde siempre, lo único que ocasionan es una escalada de precios. Pero los mexicanos estamos acostumbrados a no decir nada. Siempre nos quedamos callados.
Simón Contreras sabe de números, y tiene buena memoria. Hace una lista:
—Mira —dice, su vista fija en la del reportero—, acuérdate, en diciembre pasado el pan de caja, ése que compras en el súper, costaba 13 o 14 pesos; ahora ya anda en los 19… El precio del bolillo estaba en los 80 centavos y hoy aquí, en plena colonia Escandón, lo dan a 1.50… El trigo hace un mes costaba a 5.25 pesos el kilo y hoy no lo consigues por abajo de los 10.50… No, qué va. Cuando entró este nuevo Presidente dijo que iba a atacar a la pobreza. Pues bien que lo está haciendo: a este ritmo, todos los pobres nos vamos a morir. Y pues sí, adiós a la pobreza. Dijo que iba a ser el Presidente del empleo ¡y todos en mi familia estamos sin trabajo!

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Ángel, el adolescente encargado de la panadería Panusa, en las calles de Toribio Medina y Bolívar de la colonia Algarín, seguro no ha de leer las noticias. O nadie se lo ha dicho: ¡aumentó el precio del pan!
Pero ni falta que hace.
—Oye, cuéntame cómo te ha afectado el aumento al precio del pan. ¿Viene menos gente? ¿Te reclaman?
—No —dice con desparpajo y hasta orgullo—. En esta panadería no hemos aumentado los precios. Aquí el pan se sigue vendiendo, como desde hace mucho, a un peso con 20 centavos.
Pues sí: el costo oficial era de un peso.

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Es mentira que existan, al menos en las seis panaderías que hemos visitado esta tarde de septiembre, bolillos o teleras de 80 centavos o de 1.04 pesos como máximo, según el reporte que la Procuraduría Federal del Consumidor dio a conocer apenas el 18 de septiembre.
La panadería más barata —El Sol, en la Obrera— lo vende a 1.10, y la más cara —la Unión, en la Escandón— a 1.50 pesos.
—Pero si bien —agrega don Braulio Zamora— ahorita estamos pagando los 250 pesos por bulto de harina de trigo, se espera que para diciembre nos la vuelvan a subir hasta los 300 pesos. Y entonces sí, el bolillo y la telera se nos van a los dos pesos.
Los aumentos no se detienen.
Aquí, a las afueras de la panadería Maren, en la colonia Narvarte, donde las formas y los colores dan especial toque a esta gran tienda de pan que vende a 1.20 la pieza de bolillo, a 11 pesos una empanada y a 135 pesos un pastel imposible con la cubierta de frutas, doña Ruth hace un balance de su economía.
Recuerda que los salarios han subido apenas unos pesos y que “no sólo es el bolillo. La leche ya llegó a 11 pesos, el huevo a más de 15, el frijol supera los 20, el aceite está a 16 y con esos precios no hay sueldo que alcance”.

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“No. Aquí la gente no nos dice nada. Pasa por su pan y se va hacia el metro Etiopía, caminando rapidito. Aquí en Qué Tal Un Pan, de Xola y Pitágoras, vendemos de una o dos piezas por persona; es casi casi pan para ir comiendo. Y claro que lo tuvimos que subir, pero la gente no nos dice nada. Se aguanta. A lo mejor porque nosotros lo aumentamos parejito: 50 centavos por pieza. De 5.50 a 6 pesos. ¿Cuántos va a querer?”, es lo que dice a emeequis uno de los vendedores.

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Todo. El pan salado como bolillos, teleras, pan negro, rehiletes, trenzas, barras, baguettes. Todo. De hojaldres: orejas, duques, peinetas. Apastelados: ojos de pancha, palomas, bisquets, panqués, mantecadas. Galletas panaderas: cubiletes y polvorones, coquelines. Bizcocho: conchas, chilindrinas, donas, corbatas, bigotes. Todo. Cuernitos, rebanadas de mantequilla, cocoles, roscas de canela, hojaldras, besos, donas de chocolate y de azúcar, polvorones, roles de canela, cubiletes, muffins, daneses, chorreadas, buñuelos, roscas, pambazos, bigotes, doraditas, empanadas, semitas, merengues, cañones, marraquetas, campechanas, flautas, hogazas. La empanada dulce, empanada cuaresmeña, pay de leche, puerquitos, ombligos, la madalena, la chirimoya…
Todo es más caro en las panaderías de México desde esta gris tarde de septiembre, que amenaza con fuertes aguaceros y en la que, tras hurgar en monedero y en bolsillos, ya no alcanza para el pan.

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