25.9.08

Gracias, mamá


En agosto de 2007 mis hermanos me invitaron a Carolina del Sur, pues le preparaban una fiesta a mamá por sus 70 años de vida.
Pobre como lo he sido siempre, ellos, Darío y Eduardo, se pusieron con los recursos y a mí únicamente me tocó la elaboración del discurso.
Y resultó, al menos, emotivo, acaso un tanto cursi, aunque considero que ese tono puede ser permisible cuando hablas de tu madre. Surtió efecto en los ahí presentes: unas 80 personas que convivieron esa tarde con nosotros.
Gracias por compartir a nuestro lado el pastel de siete pisos, los manteles largos, la tarde en el jardín junto a la alberca, las charlas, las sonrisas, los recuerdos, las fotos, el asombro y esa cadena de amistad que surgió cuando encontrábamos al anochecer lo sabroso y divertido, además de su peculiar encanto, que es bañar a las fresas en la fuente de chocolate.
Tuve muchos meses para realizarlo. La fiesta comenzaba a las seis de la tarde.
Lo acabé, como buen mexicano, "al cuarto para las doce".
Esto escribí.



Una historia de perseverancia, amor, cariño y buenos consejos

Hoy de quien hay que hablar es de ella. De lo que representa en nuestras vidas. De la bendición que fue llegar al mundo arropados por su mano siempre bondadosa y benefactora, por sus enseñanzas certeras y oportunas.
Hoy hablo en nombre de sus hijos, que inicialmente fuimos tres. Matiana Gutiérrez Rojas es su nombre, aunque su madre pidió llamarla Tatiana, pero algún error ortográfico nos brindó el conocerla como Mati, doña Mati.
Esta tarde ante ustedes me es grato pensar cómo ha crecido la familia.
Que la fortuna de conocerla no sólo tocó a papá, hoy ausente pero cercano. Que no somos únicamente Darío, Eduardo y yo quienes disfrutamos de los consejos de esta señora.
Hoy somos muchos sus hijos. Los que estamos reunidos y los que no han podido llegar hasta acá, pero morían de ganas por celebrando a su lado sus primeros 70 años. Porque 70 años joven, se ha vuelto universal.
Su nombre evoca en mucha gente época lejanas, afectos siempre presentes. Cariño y agradecimiento. La gente le respeta, le quiere, le escucha. Se arropa en ese halo que le cubre y que siempre te comparte.
De andar apurado, su mirada siempre puesta en la meta siguiente, en la otra, en una más, la hacen tan especial. Hay palabras que podrían describirla: amor, entrega, dedicación, afecto, enseñanza, perseverancia. Todas le hacen honor y ella hace honor a todas ellas.
Pero, ¿cómo hace una mujer como ella, roble fuerte, como los de antaño, para resistir los avatares de una vida que todo le ha dado con tanto sacrificio?
Intentaré, desde mi perspectiva de hijo mayor, comprender lo que la vida le deparó a mi madre.
Yo la recuerdo corriendo llevándome de la mano al kinder, preparando las tortas para ir todos juntos al parque, o a Chapultepec, la recuerdo lavando paredes de interminables pasillos cada fin de semana; reprendiendo a papá porque siempre fue muy flojo; peinándonos con limón o con jitomate para tomar clases en la escuela primaria. La recuerdo siempre trabajando, siempre preocupada, pero siempre feliz.
Ha emitido grandes carcajadas que no olvido. Como no olvido tampoco sus angustias, qué tal aquella vez que Darío se perdió siendo ambos muy pequeños, en el mercado de La Merced, donde ella hacía la despensa acompañada por dos chiquillos cuya misión era cuidar las bolsas mientras ella corría de un lado a otro de los pasillos surtiéndose de kilos y kilos de frutas y verduras. Darío estaba sobre una vitrina, custodiado por los empleados de un negocio a las afueras del mercado, de donde lo recuperamos. No lo recuerdo llorando. No lo hizo. Como no lo hizo en otra de las ocasiones en que desapareció de súbito.
Alguna vez mamá me mandó a comprar pollo, y por ir en bicicleta la bolsa se me cayó sobre las vías del tren y como la luz roja estaba por cambiar no pude volver por él y el pollo fue aplastado por decenas de coches. Sí, fue duro el regaño, pero nunca tanto como la pena de no haber cumplido con mi cometido.
Sólo su consejo, su mano protectora y su buen ánimo para salir siempre avante de las situaciones negativas, hizo de ese momento uno memorable.
Cada uno de nosotros tendrá una anécdota de doña Mati. Pero hoy es tiempo de revelar apenas un poco de lo que le ha tocado vivir. De niña creció en un pequeño pueblo, Zempoala, y bajo los rudos cuidados de un padre que se quedó solo cando abuelita, siendo muy niña, murió. Debió entonces de cuidar a su hermana Catalina, a su hermano Gabino, y a otra de sus hermanas. Cuidarlas y atender a don Joaquín. Cuidarlas y ordeñar las vacas. Cuidarlas y arar la tierra, cuidarlas y olvidarse de ser niña.
Pero creció tan linda que a los 14 años era ya la reina de la primavera en la región.
No faltaron, por supuesto, los individuos que quisieron a la mala, para ellos, su belleza. El cacique de Zempoala intentó abusarla pero lo único que recibió fue un balazo de escopeta en la pierna. Por supuesto, el arma era la defensa que don Joaquín había puesto en sus manos para que Mati pudiera cabalgar los campos y él quedara seguro de que su hija sabría usarla en el momento indicado.
Así fue.
Mati lo primero que hizo fue huir para después entregarse a la policía. "Maté a un hombre", confesó. Pero no. El hombre no murió: quedaría cojo para toda la vida. Y entonces el destino de Matiana dio el giro que nos tiene aquí reunidos. La adolescente tuvo que dejar el pueblo, por miedo a represalias. Don Joaquín se lo pidió y muy pronto ella andaría todos los caminos. Primero fue Poza Rica, Veracruz, donde una gran tormenta, a finales de los años cuarenta, inundó la zona y entonces tuvo que pasar casi una semana sobre el techo de una casa, pues el agua sobrepasaba los dos metros.
Y Mati se hizo urbana.
Sus pasos se dirigieron a la ciudad de México, conocida entonces como la región más transparente del aire.
Como a todos los emigrantes de provincia, la vida no les fue fácil. Antes de cumplir los 20 se empleó Mati como parte de la servidumbre en un sinfín de lugares. Conoció a gente rica y poderosa, a gente buena y mala. Doctores, arquitectos, eminencias de la ciencia o de las letras. Generalmente judíos.
Y todos ellos amanecieron algún día con ese desayuno por ella preparado o partieron al trabajo con la ropa limpia y planchada por sus manos, seguros de que la casa estaría en orden a su regreso. Cocinó, lavó. trapeó, vio crecer a decenas de pequeños a los que siempre regalaba una sonrisa. Una caricia, unas palabras de aliento o, por qué no, de reprimenda. Por eso todos la quieren y todos la recuerdan. En una de esas mudanzas permanentes en las que vive la servidumbre en México, llegó a la colonia Condesa. Don Ciri, nuestro padre, era un albañil que ayudó a construir el edificio en donde pasaríamos nuestra infancia cuando se convirtió en el concierge, por adornarlo en francés. Corría 1958.
Ahí se conocieron y nació, no tengo duda, un amor tan grande, que fue capaz de hacer crecer a esas tres criaturas que hoy estamos a su lado. Yo nací en 1961 y Darío en 1964.
Tres lustros después la familia tomaría nuevos caminos. Mamá logró becas para ambos, Darío y yo, pero él tuvo la fortuna de venir a estudiar a este país y yo, por supuesto, no alcancé el promedio para estudiar en un colegio privado. Fue de ella la insistencia por ese mejor futuro. Papá no era capaz entonces siquiera de dar una firma necesaria para que Darío cruzara la frontera como estudiante, pero ella le convenció y trabajó mucho más arduamente para conseguir no sólo mantener la casa sino mandar algunos dólares para el hijo mediano.
Hacia 1978, noviembre 26, nació Eduardo. Pero papá no había sido del todo honesto y pagó las consecuencias: ella, madre mexicana, madre abnegada, se prometió entonces alejarse de su vida. Pero no sería de inmediato. No era posible. ¿Y sus hijos?, qué sería de ellos en un matrimonio dividido, cómo alejarnos de la figura paterna. No, ella decidió entonces que dejaría a papá cuando ambos, los grandes, hubiésemos concluido los estudios.
No hubo tiempo, ese fin de semana que Darío se graduó en Estados Unidos, siendo Eduardo muy pequeño, de unos cuatro años, ambos partieron a Tikul, Yucatán, a Campeche, donde crecería el pequeño. Se esfumaron de pronto de nuestras vidas. De alguna manera papá y yo lo merecíamos.
La visitamos Darío y yo, algunas veces al sureste de México, donde pasó algunos años, pero siempre pensando en un mejor escenario para Eduardo, pues estaba convencida de que la provincia no era un lugar ideal para Eduardo, volvió a la capital del país. Era junio de 1990.
Primero una temporada en Pachuca. Luego, Nopancalco. Y sí, algo que no he podido hacer, ella lo logra con facilidad: en Campeche erigió una casa, en Pachuca otra... Hoy tiene la suya en esta ciudad.
De esa bondad que de ella emana nació en una amiga que aquí todos conocemos, Itza Figueroa, ahora esposa de David Beltrán, la idea de que fuese ella, doña Mati, nuestra madre, la encargada de transmitir cuidados y educación a su nueva hija, Daniela. Un trato que a ambos convenía. Doña Mati tendría a Eduardo cerca de alguna Preparatoria y Universidad mejores que las de Pachuca, y ella a cambio recibiría en su casa a una mujer entrañable. Siempre he pensado que Itza vio la manera en que Mati nos educó y no dudó en pedir lo mismo para su hija menor. Esa es mi percepción.
Y ahí estuvo ella, siendo parte de la familia Beltrán por siete años. Hasta que salieron los papeles que Dario y Wendy habian tramitado 16 años antes, una vez que se casaron, solicitando la residencia estadounidense para mamá. Ya. Para el 2002 o 2003 mamá recibía el documento de residencia americana. Vaya discurso de bienvenida en la oficina migratoria; qué grandeza.
Fue inmediata su decisión: ya debía estar con el hijo que a los 14 años se había alejado de la familia para estudiar en otro país, y con los nietos, Alex y Marissa, a quienes apenas conocía en los viajes que Darío y familia hacían a la ciudad de México.
Ellos fueron entonces su objetivo.
Cruzó la frontera y está aquí, con 70 años de historias a cuestas. Con décadas de intenso trabajo, pero también de mucho amor, de paciencia, de cuidados. De amplia y contagiosa felicidad.
Yo lo manejo de esta forma, haciendo un balance numérico me digo, Peter, tuviste la fortuna de aprender de ella, de convivir con tu madre, hasta los 24 años. Darío sólo lo hizo hasta los 14, pues lo demás fue una larga distancia en tiempo y en espacio. Eduardo es, no obstante, el más afortunado. Porque él no ha dejado un sólo día de su vida sin estar a su lado, bajo su cobijo...
Tocó ya a Itza, a David, a doña Luz, a Diana, a Sylvia, a Daniela y a Nandita nutrirse de todo lo que esta mujer es capaz de brindarnos. Ya. Es tiempo de que Dario disfrute de su abrazo, que los nietos sepan de su bonhomía, que no es sino su sencillez unida con su bondad. Cocinando, cargando a un bebé, visitando al abuelo, llevándote de la mano a la escuela, paseando por Chapultepec, haciendo tortas, o sopes. O cociendo elotes. Así es como recuerdo a mi madre, esta mujer que hoy celebra sus primeros 70 años.
Me da tanto gusto que la familia haya crecido. Que no sólo seamos tres los hermanos, que nos acompañen Elliot, Nicanor, Abraham. Y que sigamos creciendo.
Hoy, después del servicio dominical uno de los hermanos de la iglesia, puertorriqueño, se acercó a despedirse y le dijo, adiós, mamita. Vi también que tres niños que no rebasan los 9 años se acercaron a su silla y platicaron en español con ella. Alguna de las imágenes con las que me regreso a México son los besos de Alex y Marissa a mamá, y ver a doña Mati en el centro comercial de la mano de Suuvda, la novia de mi hermano, mi nueva hermana.
Me da tanto gusto el haber venido a compartir con mi madre estos momentos.
No puedo decir más.
Ha sido largo el recorrido, pero las satisfacciones que mamá lleva en el corazón nos las comparte cada día. Estoy seguro de que les ha pasado a Darío y a Eduardo, que como a mí, me han dicho alguna vez que soy un buen hombre. Es cierto. Así me considero, un buen hombre. Y yo respondo siempre con mi frase favorita: así me hizo mi mamá.
Hoy me ha tocado hablar en nombre de Darío y de Eduardo, pero estoy seguro de que cada uno de nosotros tenemos nuestro momento favorito con mamá. Perdóneme si me ha ganado la emoción, al escribir estas líneas; es un gran ejercicio el escribir acerca de esa persona que te dio la vida y que ha estado ahí cuando la necesitas, como cuando el año pasado viajó a México para cuidarme al salir del hospital.
Hoy ustedes conocen una pequeña semblanza de lo que a esta mujer le deparó el destino.
Hoy celebramos que Mati cumpla 70 años de compartir amor, entrega, dedicación, afecto, enseñanza, perseverancia.
Gracias a todos por estar aquí.
Gracias Dios.
Gracias, mamá.

Pedro Díaz G., Anderson, SC, 18 de agosto, 2007. 17.17 horas.

9.9.08

Los habitantes del túnel 29


Pedro Díaz G. 
El Universal 

Domingo 09 de septiembre de 2001 




Mayo de 1985. Tiene un nombre la tragedia: túnel 29. Y una historia, que inicia el 23 de mayo, cuando un primer encuentro de la final del futbol nacional, entre América y Universidad, termina con empate a uno en el estadio Azteca (goles de Carlos Hermosillo y Alberto García Aspe). Noventa mil aficionados asisten al llamado Coloso de Santa Úrsula. Un segundo partido será en el estadio de Ciudad Universitaria, tres días después.

Y allá va la multitud, pintarrajeando vagones del metro, destruyendo camiones. Gritando en coro el triunfo por venir. Ingresan primero los porros y pronto llenan el inmueble. Cuando la orden es que nadie más entre al México 68, aficionados buscan los últimos recovecos y, apoyados por otros, comienzan a escalar a toda velocidad las paredes de piedra volcánica. Pasillos y tribunas se cubren, entonces, de sonrisas: porque los vendedores no pueden avanzar un sólo paso, entre el gentío; porque ya en la zona sur inician los primeros brotes: seguidores del mismo club hacen una escaramuza; porque el partido está por iniciar...

Muchos fanáticos entran sin boleto y mientras en la gramilla de juego los futbolistas aflojan los músculos, en las bocas del estadio comienza un peligroso forcejeo. La muchedumbre pretende ingresar por la fuerza. ¿Cómo, si el estadio está completamente lleno? Así, a empujones.



* * * 

Esta temporada Universidad llega a la final como superlíder: más partidos ganados, mejor ofensiva, noveles y dinámicos jugadores. Falta coronar la campaña con el título. América, el equipo grande, el de los recuerdos millonarios y grandes contrataciones, el de los "cracks", asiste con la convicción de que su experiencia les dará el triunfo.

Todos, en la semana, buscan un boleto para la final. La afición el domingo se vuelca al estadio Olímpico. Desde muy temprano decenas de camiones son secuestrados por los porros. La policía, atada ante lo numeroso, no tiene más remedio que escoltarlos hacia las puertas del México 68. Estudiantes y maestros ingresan sin boleto, apenas muestren su credencial.

Para evitar desmanes, granaderos y policía montada tratan de controlar el acceso a los porros, a quienes despojan de cinturones, fruta, periódicos y todo aquello que pueda ser utilizado como proyectil. Quienes evaden el cerco policiaco comienzan a trepar por las paredes. A las 11:00 horas, una hora antes del partido, el estadio está colmado. El sobrecupo es evidente: los bordes lucen saturados. En las gradas hay prácticamente el doble de aficionados. Los túneles también son ocupados; accesos cerrados. Cientos de personas las crónicas revelarán 20 mil con boleto pagado quieren entrar. No será posible. Se agolpan en las rejas de los túneles. En el 29 sucede lo increíble: juntos, apretujados, sin espacio suficiente para apenas respirar con cierta tranquilidad, la masa humana y esa su sicología sin sentido comienza a hacer la ola, ahí, enmedio de la nada, en ese sitio en el que poco sucede: ni un paso hacia adelante, ni uno atrás. Ni uno a los costados. Y los gritos, y el llanto de pequeños con espanto...

Es tanta la presión de la gente que, pronto, convertida en avalancha humana, arrolla todo lo que encuentra a su paso. Caen al suelo los habitantes del túnel 29...

La muchedumbre comienza a empujar, la barrera cede y en tropel se introduce, aplastando a las personas. Nada se sabe, en este momento, de la tragedia. Inicia el partido.

Un estruendo sacude al estadio. La gente ríe. Pareciera una bala de cañón apenas disparada. No es así, es un tanque de gas que ha estallado en un puesto ambulante de tacos.

En el campo de juego, las acciones transcurren, deportivas. La pasión en las gradas aflora. Atacan las porras. Las de la UNAM, como siempre, bajo el palomar; la de los rivales debajo del pebetero...

Son claras las agresiones. La porra universitaria va hasta la de los americanistas, a quienes arrebatan inmensas banderolas, con las que corren, de uno en uno, ante la complacencia de la gente, que abre camino donde nadie pasa, sólo aquel que enarbole la bandera enemiga. Después, una vuelta olímpica por las gradas, hasta llegar a la zona del pebetero, donde son quemadas, al tiempo en que son lanzados infinidad de improperios a los adversarios.

Un globo de papel de china con la imagen del puma se eleva. Resuenan las porras en emotiva fiesta. Nadie lo intuye, pero se ha ocultado la tragedia para no empañar el festejo que propone la final.

El partido termina con empate a cero. Ambos cuadros corren a los vestidores. El sonido enmudece. La gente inicia un desconcierto. Cree que va a haber tiempos extra, o, cuando menos, tiros de penal. Pero nada: la mayoría desconoce la existencia de un tercer partido, en caso de empate. En este caso.

Al salir, la multitud queda desconcertada: en la explanada hay ya decenas de ambulancias de la Cruz Verde. Se piensa en los apoyos para atender insolaciones, en algún desmayo, en gente golpeada.

Pero la historia es otra y tiene tintes de tragedia. La turba derriba puertas de metal, atropella a los indefensos, aplastadas mueren ocho personas tres niños y 70 más sufren heridas.



* * * 

El lamento es colectivo. Pero no hay tiempo para el duelo: el partido termina sin goles pero el negocio debe continuar. La final se prolonga hasta Querétaro, en donde se disputa un tercer partido, donde el América termina con la victoria por 3-1 (dos de Brailovsky y uno de Hermosillo; Ferreti anota por los universitarios), y es campeón.